miércoles, 25 de marzo de 2015

CEMENTERIOS LÍQUIDOS

El silencio del río de Carlos Triviño (Colombia, 2014)


En 1965 Julio Luzardo estrenó  El río de las tumbas,  una película obligada para cualquier seguidor de la filmografía colombiana. La historia giraba alrededor de un río, convertido en cementerio que trastornaba la cotidianidad de un  caluroso pueblo. 50 años después el agua y la muerte vuelven a proyectarse juntas en las pantallas del país con la Ópera prima de Carlos Triviño  El silencio del río.

 El trabajo de Triviño, sin embargo, tiene marcadas diferencias con su antecesora. Esta vez la trama se desarrolla de manera paralela. Por un lado,  en las tierras altas un campesino ve amenazada su subsistencia tradicional al observar como desaparecen uno por uno sus amigos, a manos de un grupo armado  que nunca revela su rostro. Por su parte,  en las tierras bajas Anselmo, un niño que ha perdido su padre, persigue un cadáver arrastrado por el río. La muerte que fluye junto al agua termina conectando a los dos personajes.

El silencio del río es una historia de abuso y explotación. Los campesinos son despojados paulatinamente de todo; poco a poco van perdiendo sus seres queridos, sus tierras y sus vidas. Ni siquiera, con la muerte llega el descanso. Al igual que el río, el espectador es testigo mudo de los múltiples actos de rapiña que sufre el cadáver, niños, pescadores, y campesinos, a manera de aves carroñeras,  arrebatan las pocas pertenencias que le van quedando al cadáver, antes de devolverlo a la corriente.

A pesar del entusiasmo que despierta al principio, a medida que se desarrolla el filme comienzan a aparecer problemas en la construcción de la historia. El recorrido de Anselmo se hace inverosímil, su camino es excesivamente largo y arriesgado para un niño de su edad. Algunos episodios se hacen aún más increíbles; como aquella secuencia en la que dos campesinos sacan el cuerpo del río, para  hacerlo pasar por un joven desaparecido y darle tranquilidad a una madre ciega. Como si la situación no fuera lo suficientemente absurda, el niño que antes era incapaz siquiera de levantar el muerto; ahora lo arrastra sólo devuelta al río, sin ser descubierto.

El silencio del río  también posee un ruralismo exagerado y exótico, todos los personajes parecen habitar un lugar perdido del tiempo, donde no existe el mínimo rastro de tecnología o comunicación con el mundo exterior. Los decorados del parque natural de Virolín, dónde fue rodada parte del filme, no esconden su abandono por años. El descuidado trabajo de arte los hace ver aún más vacíos: cantinas  de paredes desnudas, con unas cuántas sillas  de madera desperdigadas y una radiola invisible, casas cuyo único inmobiliario es una mesa. Los personajes parecen no  habitar, ni relacionarse con su espacio. Este quiebre hace evidente que las casas campesinas, no son más que locaciones preparadas para una película.





La música de cuerdas, que pretende reforzar los momentos de tensión, se torna demasiado notable y termina haciendo ruido, desenmascarando, aún más el artificio,  que esconde toda película. Por su parte, el trabajo de los actores a pesar de ser aceptable, no es del todo satisfactorio; aspecto que podría pasar desapercibido, de no ser porqué termina sumándose a los anteriores defectos de la cinta.

En cuanto a la fotografía,  El silencio del río retrata los preciosos paisajes del santuario ecológico de Virolín; sin embargo, este foco en el paisajismo se ha convertido en un lugar común  del cine nacional. Además, el uso exagerado de una cámara inestable, hace que por momentos sea realmente difícil seguir a los personajes. Es de notar, sin embargo, el acertado tratamiento de la escena subacuática en la que Anselmo, quien nada tranquilamente en el río, descubre el cadáver; logrando sumergir al espectador y desencadenando la trama de la historia.

Por otro lado, al abordar el conflicto  Triviño cae en la extrema corrección política  de tantas películas colombianas,  que concentrándose en las víctimas no nombran, ni le dan importancia al grupo armado culpable.  Una representación que puede resultar superficial, pues además de ocultar al agresor durante todo el filme, nunca se indaga sus razones políticas. Conformándose con una caricatura simplista del enemigo como un otro sádico que actúa sin razón, una especie de animal sediento de sangre.



El silencio del río  plantea una narrativa interesante; que si  bien tambalea en su desarrollo, demuestra que nuevos realizadores cómo Carlos Triviño se están arriesgando a mirar el conflicto desde otra perspectiva. “En Colombia se han hecho demasiadas películas sobre violencia, ya se ha visto demasiado desplazamiento en las pantallas” se escuchaban algunas voces al salir del cine. A pesar de esto, en el país la violencia y el desplazamiento forzado continúan; por esto, la obra de Triviño es tan vigente cómo lo fue la histórica cinta de Luzardo en su momento. Heráclito se sorprendería al ver que los ríos en Colombia parecen ser los mismos cuarenta años después.  




miércoles, 18 de marzo de 2015

EL COLOR DEL TRÓPICO

El pez que fuma de Roman Chalbaud.


En su sección 5+5 el FICCI  invoca a la memoria y rescata del olvido diez películas que han hecho parte de su historia. El pez que fuma, cinta venezolana de 1977 dirigida por Roman Chalbaud, destaca como la más antigua de esta selección.

La trama se desata cuando “La Garza”, madame del prostíbulo que da nombre al filme, decide renovar los sucios y  usados colchones del local. El pez que fuma se presenta como un espacio onírico, no sólo por lo abigarrado de su decorado; sino por toda la gama de personajes marginales que lo habitan. Prostitutas, homosexuales, enanos, astrónomos y artistas se dan cita en sus obscuros rincones.

A ritmo de tangos y boleros Chalbaud construye la trágica historia de un crimen. En la cual, no titubea en mostrar a sus actores totalmente desnudos, ni las incipientes operaciones de un  narcotráfico que marcaría la historia de la región en décadas posteriores.
A pesar del ambiente sórdido y la decadencia, el color y la sensualidad están siempre presentes. Incluso en las escenas de un funeral El pez que fuma parece estar repleta de vida y erotismo. Encarnando aquel espíritu del trópico latinoamericano en el que la  tragedia y el gozo van siempre de la mano.


viernes, 13 de febrero de 2015

PATETISMO A LA EUROPEA.

Dos días, una noche [Deux jours, une nuit] de los hermanos Dardenne (2014)

Dentro del imaginario occidental Europa sigue representando esa cuna de la “civilización”, arropada por un halo de superioridad y refinamiento. Al hablar del viejo continente vienen a la mente la arquitectura imponente y   magníficamente conservada de las grandes urbes; habitadas por personajes blancos de carácter aristocrático. Siguiendo una tradición, que se puede rastrear hasta el neorrealismo italiano  más de seis décadas atrás, en Dos días y una noche, los hermanos  Jean-Pierre y Luc Dardenne desmontan desde adentro esta imagen idealizada.

La Europa  de la película aún no se recupera de la crisis. Sus personajes, que comienzan a acostumbrarse al sabor de la austeridad, habitan en suburbios alejados de las viejas construcciones y glorias pasadas.

Sandra, la protagonista interpretada de manera destacada por Marion Cotillard, es la encargada de personificar a esa Europa en el filme .  La historia se desencadena cuando al intentar regresar a su trabajo después de una licencia por depresión, se entera que sus compañeros han elegido conservar una bonificación de mil euros por el trabajo extra, antes que su reintegro.

Lejos de la sofisticación que ostentó en filmes como Batman: El caballero de la noche asciende, o El origen Cotillard  esta vez se presenta con una austeridad que denota cierto pesimismo. Su sencilla ropa de verano, el peinado desaliñado que la acompaña toda la película,  incluso algo en su posición corporal, dejan entrever un marcado sentimiento de derrota.

La Europa de los Dardenne al igual que su protagonista intenta nadar contra la corriente y salir a flote de una depresión que ha hecho sucumbir las bases de lo que creía era  su identidad. Ya no se trata de una Europa blanca, los compañeros de Sandra componen un abanico multirracial; y esta vez serán los asiáticos, africanos y latinos, los que decidirán el futuro de la protagonista europea y caucásica.

Técnicamente el acercamiento fotográfico de  Dos días, una noche  acompaña a la perfección  la austeridad de la narración. Planos secuencias de una duración notable, presentados con tal naturalismo que a pesar de su proeza técnica no compiten en ningún momento con la historia por la atención del espectador. Por otro lado,  el acompañamiento musical a  cargo de varias bandas de rock acaba dotando a la película con cierto aire de rebeldía e inconformismo.

Finalmente, cabe aclarar que Dos días y una noche no cae en el pesimismo derrotista. Por el contrario, con cierta inocencia kitsch y facilismo moralista, termina demostrando que la salida a la crisis no está en la individualidad de su protagonista; sino en un reconocimiento de la necesidad del otro. El problema de Sandra no radica en su desempleo; sino en su incapacidad de mirar como personas a los que la rodeaban.